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Demonizar al mercado es más fácil que entenderlo


Enviado el: Lunes, 03 Diciember, 2007  14:41
Actualizado el: Miercoles, 02 Enero, 2008  11:44
Expira el: Domingo, 28 Setiembre, 2008  15:41
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Para quienes defendemos la libertad humana, estoy seguro,

resulta frustrante que pocos sean los que entiendan lo que es

un mercado libre. Voy a intentar remediar siquiera un poco esta

situación tomando ideas de Ludwig von Mises, el célebre

economista de la Escuela Austriaca. Vayamos paso por paso,

porque lo arduo no es entender las partes sino el todo.
Por principio de cuentas, un mercado libre debe tener propiedad

privada. De lo contrario no lo serí­a. Propiedad privada de los

medios de producción y, además, libertad de iniciativa de las

personas para producir, distribuir, comprar y vender. Cada

persona actúa de acuerdo a sus ánimos y decisiones, con sus

motivaciones personales. Un mercado libre, por necesidad, debe

tener personas libres y no serí­an libres si no hubiese

propiedad personal.
El mercado libre opera con escasas restricciones a las

iniciativas personales, con leyes y tribunales destinados a

castigar culpables de engaños y fraudes, pero sin regulación

más allá de eso. Si esas leyes el mercado no podrí­a funcionar.

La autoridad debe proteger el funcionamiento espontáneo del

mercado, que es un proceso formado por gran cantidad de

personas que actúan libremente. Esas personas deciden la mejor

manera que ellas piensan que pueden satisfacerse las

necesidades propias y las ajenas también.
El mercado libre no tiene “jefeâ€, ni nadie que lo dirija y

administre. Opera formado por las iniciativas personales, en

una modalidad sincera, espontánea y abierta. Diversos

ciudadanos llegan a acuerdos voluntarios para comprar y vender,

cooperando entre sí­. No es un proceso violento, sino pací­fico y

basado en la colaboración mutua. Es importante repetir que es

un proceso y no un lugar, lo que usualmente produce confusiones

al pensar que un mercado es sólo un lugar fí­sico. No lo es.
Necesariamente, un mercado libre supone que hay división del

trabajo, que es la única manera de que puedan existir

intercambios. Uno produce de más cosas que intercambia por

otras, o alguien vende su trabajo de jardinero o de dentista.

El mercado es necesariamente dinámico y tiene condiciones

cambiantes que son producidas en buena parte por las propias

iniciativas de las personas. Un mercado libre es un proceso

formado por las decisiones de hombres libres que cooperan entre

sí­ para producir, vender y comprar.
La única manera de tener un beneficio personal en un mercado

libre es servir a las necesidades de los demás. No hay otra

manera de ganarse la vida en un mercado libre. Ese mercado

libre es un sistema social fundamentado en la propiedad privada

de los medios de producción, con personas actuando de manera

espontánea, vendiendo y comprando bienes y servicios

especializados, con una autoridad que tiene la responsabilidad

de preservar esa espontaneidad castigando engaños y fraudes.
Ahora viene lo bueno. En ese mercado se acuerdan los precios de

los bienes. De allí­, por ejemplo, salen las tasas de interés,

que nadie fija en particular, nadie, igual que el precio del

maí­z o de algún carro. Un fabricante puede poner un precio para

su producto, pero no es en realidad un precio hasta que alguien

lo compra, que es el momento en el que hay acuerdos de

beneficio mutuo. Esta es la parte que cuesta trabajo entender.
Dada la historia mexicana reciente, somos dados a pensar que

los precios los fija la autoridad, como hací­a con las tortillas

y otros bienes. En un mercado libre, nadie en particular fija

los precios, sino el proceso de intercambios entre personas que

compran y venden. En un mercado libre, los bancos no fijan las

tasas de interés, ni los cafetaleros el precio del café, ni los

dueños de edificios sus rentas. Eso lo hace el mercado, es

decir, nadie en particular.
Eso es lo que es difí­cil de entender, el que en un mercado los

precios son “naturalesâ€, es decir, espontáneos y sin nadie que

los determine. Igual exactamente que cuando usted pone un

anuncio en el periódico para vender su auto viejo. Usted podrá

poner el precio que quiera que no venderá ese auto hasta que

del otro lado haya alguien que sepa del auto y que le parezca

una buena compra. Ése es el precio natural de su auto y no

necesariamente coincide con el que usted querí­a ponerle. Ni

usted fijó el precio ni el comprador tampoco. El precio se fijó

en el acuerdo entre ambos.
* El autor es mexicano y fundador de AMAYi,

http://www.AMAYi.org. Para suscribirse a Una Segunda Opinión,

sin costo, escriba a eggaspar@amayi.com.

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